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La abuela

Por Sylvia Teresa Manríquez

 

“Dice la gente que a los sesenta y siete años ya se es viejo. La abuela, no. La abuela ha dicho siempre –y lo suelen decir muchos viejos- que uno es tan joven como se siente. Y la abuela se sentía bastante joven. Decía también la abuela que por fuera era vieja y por dentro una muchacha. Los que la conocían le creían. La abuela no tenía mucho dinero.”

Así inicia el libro “La abuela” del alemán Peter Härtling, que le valió el Premio Alemán de Literatura Juvenil en 1976.

La primera edición en México se hizo en junio del año dos mil, veinticinco años después de su publicación en Alemania.

Este libro forma parte del acervo de el Programa Nacional de Salas de Lectura. Es uno de mis favoritos porque el autor plasmó en este cuento la problemática de una abuela que se ve en la necesidad de cuidar a su nieto y las complejas situaciones que enfrenta por contar sólo con una pequeña pensión que le dejó su esposo al fallecer y por ser sólo la abuela.

Mucha gente ha oído hablar de las Salas de Lectura de CONACULTA, y a pesar de contar actualmente con más de dos mil salas en todo el país, no todos las conocen.

Son espacios para fomentar el gusto por la lectura a través de la socialización, con estrategias lúdicas, inteligentes y adictivas, en cualquier lugar: un patio, un porche, una plaza, una banqueta, un salón.

Todas son diferentes, hay para menores de edad, para jóvenes, personas adultas, para migrantes, o para toda la familia, como la sala de lectura de quien esto escribe.

Mi sala de lectura es especial. Si bien muchas familias mexicanas acostumbran reunirse los fines de semana, cada dos semanas, cada mes o en eventos familiares especiales como los aniversarios o los sepelios, debemos admitir que no se conocen en realidad porque no nos vemos como somos fuera de ese círculo familiar.

Piense cómo son sus sobrinos, primas y familia política, como se comportan frente a los acontecimientos que se dan en su comunidad, si terminaron los estudios y como los terminaron, como los ven en su colonia, si se enferman, como se cuidan. Es decir, como los ven los demás.

Por otro lado, tecnología ofrece más espacios de comunicación a los que no todos los miembros de la familia tienen acceso ni habilidades para su uso cotidiano.

Los libros ofrecen ese acercamiento. Una sala de lectura en familia crea lazos donde no los hay y los fortalece cuando existen. Identifica como grupo y ayuda a reconocerse como iguales a través de lecturas y actividades que ofrecen retos y satisfacciones.

Al reunirse para leer, jugar, analizar, lograr retos y proponer, las familias se acercan. Se fortalecen las relaciones y sensibiliza cada integrante hacia la vida de los demás.

Una sala de lectura con integrantes desde los cuatro hasta los 79 años, es un reto que se vence fácilmente porque historias como las del libro “La abuela” nos acercan.

“La abuela” de Peter Härtling, nos recuerda a muchas mujeres mexicanas base de familia, que por diferentes motivos se hacen cargo de nietos y nietas, que sortean innumerables contratiempos para proveer hogar, alimento y estudio, con todos sus años a cuestas.

La capacitación adquirida como mediadora de lectura me ayuda a compartir y fomentar este habito en los integrantes de mi sala, y fortalecer la idea de que leyendo juntos fortalecemos nuestra capacidad de enfrentar los retos que social y políticamente enfrentamos diariamente.

Fortalecer el maravilloso hábito de leer sin temores, consolidar un gusto que difícilmente se irá, brinda el espacio para la reflexión espontanea, y el descanso del duro golpeteo a que nos somete a menudo la problemática de este país.

Creo fervientemente que el hábito espontáneo de la buena lectura nos hace personas capaces de exigir de manera informada e incidir en nuestra realidad.

Comparto la parte final del cuento “La Abuela” que aunque lo escribió un autor alemán, me remite a la vida de muchas abuelas mexicanas.

“-Yo me he propuesto vivir lo más posible –dijo la abuela-. Pero no basta con proponérselo, aunque también ayude. La abuela lo atrajo hacía sí… olía a cocina y a paño viejo. Karli casi se echa a llorar de miedo y porque se dio cuenta también de que sabía muy pocas cosas de la abuela y, pese a todo, la quería muchísimo.” Peter Härtling.

De cómo se sostienen las salas de lectura hablaremos en otra entrega, pero adelanto que es trabajo de voluntarios valientes.

 

@SylviaT   Correo: sylvia283@hotmail.com