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Oliendo el viento

Por Sylvia Teresa Manríquez 

LXXXIX

Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos:
quiero la luz y el trigo de tus manos amadas
pasar una vez más sobre mí su frescura:
sentir la suavidad que cambió mi destino.

Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero,
quiero que tus oídos sigan oyendo el viento,
que huelas el aroma del mar que amamos juntos
y que sigas pisando la arena que pisamos.

Quiero que lo que amo siga vivo
y a ti te amé y canté sobre todas las cosas,
por eso sigue tú floreciendo, florida,
para que alcances todo lo que mi amor te ordena,
para que se pasee mi sombra por tu pelo,
para que así conozcan la razón de mi canto

(Cien sonetos de amor, Pablo Neruda)

 

Sin conocer a Gabriel García Márquez, Isidoro vivió su propia “Crónica de una muerte anunciada”. Cuando era bebé hubo necesidad de hacerle una trasfusión sanguínea, la sangre contaminada le ocasionó diversos males que lo acompañaron durante sus 54 años de edad. Falleció hace poco, cuando su hígado ya no pudo ofrecerle más vida.

Manuel tenía 25 años y decidió que ya no quería vivir. Una noche acompañado por el alcohol, envió mensajes a sus seres queridos, enrolló su camisola favorita y con ella realizó la horca que le sirvió para dejar este mundo. Él también supo de que iba a morir.

Una persona que enfrenta un diagnóstico de cáncer sabe que el camino será difícil y que de cierta manera hay una muerte anunciada. Son situaciones distintas a la perder la vida en un hecho violento.

En los últimos días he visitado más veces la funeraria que en el resto de mi vida. Además de acompañar a las familias de Isidoro y de Manuel, he lamentado la muerte de jóvenes a quienes se les arrebató la vida después de un “levantón”, un asalto o la prepotencia combinada con alcohol y drogas. He lamentado también los hechos violentos que arrebatan la vida de mujeres y en algunos casos de menores de edad que las acompañaban.

Se hace difícil meditar, comprender a bien qué sucede. Preguntarse cuándo perdimos el control de cómo queremos morir. Porque si le preguntan quizá diga que desea que el fin de sus días le llegue en su casa, de manera tranquila, rodeado de seres queridos, como sería lo esperado para una persona que cuida su estilo de vida.

Si se ve afectado por una enfermedad terminal el deseo será evitar en lo posible el sufrimiento y procurar buena calidad de vida en todo momento, llegar al final siempre acompañado por algún ser querido. Quizá reconozca la posibilidad de fallecer en un accidente, sin embargo pasará su vida tratando de evitarlos.

El año pasado el INEGI informó que en nuestro país, a principios de los años treinta, las personas morían principalmente a causa de enfermedades transmisibles, como parásitos e infecciones en el aparato digestivo o respiratorio.

Entre 1960 y 2000 el número de fallecimientos por enfermedades transmisibles disminuyó, pero aumentaron las ocasionadas por accidentes y aquellas derivadas de la violencia o el cáncer.

Del 2005 a la fecha las principales causas de muerte fueron la diabetes mellitus, los tumores malignos y las enfermedades del corazón.

Aunque esta información preocupa, lo que consterna y provoca una mezcla de emociones que van desde el coraje, indignación hasta le tristeza, miedo e impotencia son las 17 mil muertes por homicidios[1] que causó la guerra contra el narcotráfico durante el 2015, que han aumentado en el 2016 y 2017, de las que poco se dice pero que nos llevan a visitar las funerarias más veces de las que deberían ser normales.

Estas cifras hablan de pérdidas a destiempo, duelos por muertes inesperadas, muertes antinaturales.

Si como Isidoro usted sabe cómo va a morir, me lleva ventaja. Yo no sé cómo me tocará dejar esta dimensión terrestre, pero sí sé que deseo sea como escribió Neruda: que lo que amo siga vivo, oyendo el viento, oliendo el aroma del mar y pisando las arenas que pisamos juntos.

@SylviaT   sylvia283@hotmail.com

 

[1] Datos del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos /Internacional Institutte for Strategic Studies, ISS siglas en inglés).