Deconcini(Abierto) Autos: 25 min, Lineas Abiertas: 2 | Peatonal :5 min, Lineas Abiertas: 1
Mariposa(Abierto) | Autos: 30 min, Lineas Abiertas: 2 | Trailers : min, Lineas Abiertas:
Morley Gate (Cerrado)

Para Enrique

Por Sylvia Teresa Manríquez

I

Para Enrique

Vivir lejos aunque sea lo que se eligió siempre tiene un dejo de nostalgia, por los lugares queridos, por los seres entrañables o por la añoranza del lugar en que respiramos por primera vez.

Vivir lejos nos mantiene siempre vulnerables al olvido, porque quizá recordamos el nombre de los amigos pero olvidamos los apellidos, se nos escapan los nombres de las calles, las rutas compartidas; sentimos temor de que se olvide nuestro segundo nombre, las pequeñas aventuras vividas en común y el color de nuestros ojos.

Incertidumbre ante la posibilidad de encontrar la ciudad diferente, no identificar los lugares que eran comunes, a encontrar más canas y arrugas en las caras que sonrisas y gestos afectuosos.

Vivir lejos nos somete al temor de no encontrar los rostros amados al regreso, a no ser reconocidos, a no sentirnos parte de la vida de quienes nos vieron partir, a no llegar a tiempo cuando alguien enferma, a estar solos cuando enfermamos.

A cambio nos espera el abrazo confortante del reencuentro, largas charlas que nos ponen al día de la vida de quienes nos han esperado con la puerta abierta y la esperanza puesta en una llamada, una carta, un mensaje.

Vivir fuera nos permite volver y sentirnos importantes en la vida de quienes nos aman, tanto en el lugar a donde volvemos como donde residimos actualmente.

Vivir fuera nos permite respirar en dos lugares importantes para el corazón. Constatar que hay seres en el mundo con la necesidad de descubrir en el brillo de  nuestros ojos si nos ha ido bien en la vida.

Vivir lejos nos permite confirmar la certeza de saber quiénes somos y porqué somos.

Vivir lejos nos hace sentir constantemente el calorcito en el corazón, sabiendo que  en algún lugar de este convulsionado planeta, alguien, quizá muchos seres, piensan en nosotros y nos esperan siempre.

II

Es Semana Santa y decidí no salir de vacaciones, como lo he hecho desde hace varios años. Porque me agrada encontrar en estos días el espacio para el silencio, la reflexión y el descanso. Desintoxicarme por breve tiempo de las noticias impactantes, de la urgencia del ir y venir al trabajo, a la escuela, las juntas, los compromisos sociales y laborales. Descansar de las calles habitadas por la prepotencia de quienes conducen sus autos sin respetar señales y normas de vialidad.

Educada en la religión católica es común la reflexión de estos días. Preguntarme quienes son hoy día los judas y quienes Jesús Crucificado. Porque reconozco que el verdadero viacrucis está en las calles de nuestras ciudades, y lo peor, en los hogares de tanta gente para la que sobrevivir tiene más de quince estaciones dolorosas.

Viacrucis significa “camino de la cruz”, representa en quince estaciones o imágenes los momentos que vivió Jesús desde que lo aprehendieron hasta que lo crucificaron.

Imposible no meditar en la analogía que representa el camino que nos hacen recorrer a quienes vivimos en este país, plagado de amenazas, ultrajes, secuestros, prepotencia, impunidad, todas como siniestras estaciones de miedo y violencia.

Los creyentes saben que rezar el viacrucis tendrá muchas recompensas, pues Jesús prometió conceder todo lo que se le pida durante el rezo del viacrucis y vida eterna a quienes de vez en cuando lo recen; además, prometió su consuelo a la hora de la muerte.

Me pregunto si esta promesa está presente al final del camino difícil y a menudo tortuoso de vivir sin que alcance el dinero para llevar alimento al hogar ¿Acaso esto no es como un gran viacrucis vitalicio? ¿Quién ofrecerá consuelo al final del mismo?

Debido a estas reflexiones decido quedarme en casa, aprovechando la paz de la ciudad y el espacio para el descanso y la relajación.

@SylviaT   Correo: sylvia283@hotmail.com