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¡Cállate!, dijo el demócrata

Por Beatriz Pagés

¿Por qué calló Andrés Manuel López Obrador a Antonio Tizapa, padre de uno de los 43 normalistas de Ayotzinapa? Por la simple razón de que al mesías no le gustan los espejos.

Cuando Tizapa le preguntó al eterno aspirante a la Presidencia de la República por qué no hizo ni dijo nada para encontrar a los estudiantes desparecidos entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 en Iguala, la única respuesta que encontró fue: “¡eres un provocador!”, “¡cállate!”.

El inmigrante de Tixtla, Guerrero, residente en Nueva York desde hace 16 años, maratonista, plomero, hombre de piel morena, aspecto humilde y hablar claro, se paró frente al lujoso automóvil que transportaba al tabasqueño para hacerle dos preguntas: “¿Qué hizo cuando mataron a dos estudiantes y Aguirre era gobernador y usted era del PRD?”; “¿qué hizo con Abarca?”

“¡Aguirre y Abarca, amigos de López Obrador!”, gritó Tizapa, mientras el chofer de López Obrador trataba de alejarlo de un mitin que terminó abruptamente por las protestas que se multiplicaban en contra del político.

Las imágenes dejan ver el rostro demudado del equipo de campaña del líder de Morena. No podían dar crédito. Ellos, acostumbrados a denunciar, a maldecir al otro, a exhibir al adversario, a salir siempre como salvadores de la patria, ahora se encontraban con el infierno que ellos mismos inventaron: Ayotzinapa.

Lo inventaron no porque hayan mandado desaparecer y asesinar a los 43 estudiantes, sino porque lo convirtieron en la principal arma política contra el actual sexenio. Antes que estar interesados en llegar a la verdad —por eso López Obrador permaneció siempre en silencio—, la apuesta siempre fue incendiar, crear un clima de sospecha, de oscuras complicidades, de movilizaciones que permitieran tirar el gobierno.

Tizapa, sin proponérselo, volvió a mostrarnos al verdadero López Obrador: intolerante, enemigo de la crítica, dueño de la verdad absoluta y déspota, incluso con los pobres, a quienes dice representar y defender.

La actitud de un demócrata habría sido otra. ¿Por qué no se bajó del automóvil y platicó con un padre dolido y resentido por la desaparición de su hijo?

Se comportó igual que todos esos políticos que critica por estar alejados del pueblo. El único pecado del plomero, el único error que cometió y que le valió un “¡cállate, provocador!” —reedición del “cállate, chachalaca”— fue haberle puesto al paladín de la justicia un espejo para que se reflejara.

Vendrán las consabidas explicaciones. La retórica del dictador agazapado que sabe convertirse en víctima. “Se trató de un complot”; “mis enemigos me tienen miedo”; “están preocupados porque los mexicanos en el extranjero van a votar por Morena”.

Fue a Estados Unidos a hacer campaña creyendo que los inmigrantes mexicanos lo estaban esperando con los brazos abiertos. Llegó a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Manhattan, se subió al templete, habló con la seguridad de tener enfrente a los ingenuos de siempre, les prometió defenderlos del racista Donald Trump, hasta que un grupo de manifestantes lo puso en sitio: “Usted tiene doble moral”.

Y vaya que la tiene, porque no fue precisamente a salvar a los mexicanos, sino a tratar de que el presidente de Estados Unidos, las agencias de inteligencia que lo han calificado como un segundo Hugo Chávez, lo vieran de cerca y se dieran cuenta de que no representa ningún peligro.

Pero Tizapa se encargó de que lo vieran de cuerpo entero. Por cierto, muy parecido en su estilo a Trump, porque con la forma como trató a ese padre —que sufre la pérdida de un hijo en condiciones hasta hoy no claras— demuestra que él, también, como el magnate, no se detiene para insultar a los humildes.

Es cierto, tal vez López Obrador no se equivocó en ir a Nueva York. Allá está su alma gemela. Entre el multimillonario y él podrían formar la dictadura perfecta.